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| 132.500 espectadores se dan cita en Cheste
el día de las carreras. |
Cuando restan pocos minutos para que las máquinas de Moto GP arranquen,
el eficaz departamento de prensa del Circuit, liderado por Pablo Pernía,
hace pública la cifra de asistencia al Gran Premio de la Comunitat Valenciana:
132.500 aficionados pueblan las gradas del Ricardo Tormo durante la jornada
dominical, la de las carreras. Lleno absoluto. Y es que Cheste se acostumbra
a recibir la visita de decenas de miles de apasionados seguidores de las
dos ruedas. Una fiesta que se prolonga más allá del fin de semana, aprovechando
la coincidencia en el calendario con el puente del 1 de noviembre. Cinco
días antes de las carreras, en los alrededores del trazado valenciano
comienzan a aflorar las tiendas de campaña. Por las calles de Valencia
no es extraño cruzarse con moteros que, en un goteo incesante, llegan
de todas partes para vivir una fiesta sin igual.
Si en la capital se nota la llegada del Gran Premio, en Cheste la trasformación
es absoluta: la población se multiplica hasta el infinito y los vecinos,
con excepciones contadas y resignadas, se vuelcan con los visitantes ocasionales.
Abren sus casas, salen a las calles para colaborar con el espectáculo
y, por qué no, sacar un dinerito extra. Las barras de los bares toman
las aceras, los talleres hacen su agosto y el merchandising de toda índole,
más o menos oficial, se muestra ante un público ávido de productos y diversión.
Una diversión que deriva en riesgo cuando se mezcla alcohol y velocidad:
una joven, menor de edad, muere arrollada por una motocicleta en el casco
urbano de Cheste. Las exhibiciones de los moteros, prohibidas pero a la
vez incontrolables, son frecuentes las horas previas al Gran Premio; los
caballitos y otros adornos sobre dos ruedas son habituales en las calles
de la pequeña población valenciana. Es la única mancha, la nota triste
a un espectáculo, el de las carreras, que mantiene una deuda pendiente
respecto a la seguridad de los aficionados.
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