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| Silva de azulgrana con el Eibar |
En esta historia hay que rebobinar la película. Silva llega desde Gran Canaria en marzo de 2000 (con 14 añitos) junto a otros tres futbolistas: Vitolo, Giovanni e Ismael. Un contrato de residencia y la ayuda económica en sus estudios son los argumentos que le hacen abandonar su Arguineguín natal para recalar en las categorías inferiores del Valencia. Dos años antes realiza una prueba con el Real Madrid y queda descartado “por ser muy pequeñito”.
Tras pasar por el cadete y el juvenil llega al Valencia B.
En el verano de 2004, con Claudio Ranieri al frente del primer equipo, Silva sufre en Paterna. El filial desciende a Tercera división y él aún no está lo suficientemente maduro como para saltar con “los mayores”.
El club negocia su cesión. El más interesado es el Parma italiano que atraviesa una difícil situación financiera. Está intervenido judicialmente. La operación se demora más de la cuenta y él, mientras tanto, se ejercita a solas por los campos de entrenamiento.
Eduardo Maciá, uno de sus grandes valedores, es el secretario técnico del club y le busca acomodo hasta que da con la respuesta: el Eibar. De primeras suena raro. Un equipo vasco, humilde, acostumbrado a jugar al patadón y con un terreno de juego bastante mediocre no parece el lugar adecuado para alguien con una calidad tan acentuada. Pero Maciá no se acobarda. En Ipurúa está José Luis Mendilíbar como entrenador y sus antecedentes en el banquillo le catalogan como buen amante del fútbol, del toque de balón y de las combinaciones constantes.
Y hacia allá se marcha David.
Desde el principio se convierte en pieza indispensable. Juega 35 partidos, marca cinco goles y consigue un sinfín de asistencias a sus compañeros. Vestido de azulgrana, su nombre empieza a hacer saltar las alarmas de los diferentes directores deportivos del fútbol nacional.
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